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La final del Clausura 2009 ratificó que puede más el equipo que alcanza su plenitud futbolística en el instante adecuado que aquella oncena que representó la constancia y el dominio sobre la mayoría de los rivales durante la fase regular. La motivación y la concentración extrema de los Pumas terminaron imponiéndose con justicia a la máquina de triunfos en que se convirtieron los Tuzos durante la hoy concluida gestión de Enrique Meza. 

Los dos episodios de la batalla por el título coronaron a la escuadra que comprendió mejor lo que se estaba jugando, a la que entendió que para obtener una corona no basta con el talento individual. La escuadra dirigida por Ricardo Ferreti supo entender sus limitaciones y explotar al máximo sus virtudes, mostrando en cada acción un deseo de triunfo con significado revitalizador para un futbol tan proclive a menospreciar los escenarios en que nuestras instituciones balompédicas se presentan. 

Conforme discurrió el partido, el ?Tuca? mostró que los años de experiencia lo han vuelto un estratega inteligente, que no se traumó ante la falta de títulos. Lejos de perder la calma ante esa carencia de campeonatos, se dedicó a seguir trabajando al ritmo acostumbrado, aguardando con paciencia el momento en que pudiera ser levantado en brazos como nuevo campeón del balompié nacional. 

Desde el domingo en que los suyos conquistaron la ?Bella Airosa?, a Ferreti hay que verlo distinto. Por primera ocsión desde que inició su andar como estratega, no requirió de una inversión de millones de dólares para alcanzar la gloria. Con recursos limitados, hizo más de lo que cualquiera hubiera esperado, aunque se mantiene como punto pendiente la interrogante respecto a cuál será el nivel del conjunto universitario cuando de intentar revalidar la corona se trate. 

No coincido, me siento orillado a puntualizarlo, con aquellos que afirman que el estratega brasileño dio una cátedra de táctica y estrategia durante la liguilla. Al hablar de ello, imaginaríamos un escenario en el que los Pumas avasallaron a cada uno de sus rivales, en el que la tranquilidad fue el común denominador. En los cuartos de final, los del Pedregal amarraron su clasificación a unos cuantos minutos del silbatazo. Sí, fue el ?Tuca? el que decidió ingresar a Palencia como posible solución, pero ello implica una decisión sobre la marcha ante circunstancias que, al menos en ese instante, estaban fuera de control, razón suficiente para afirmar que  no se trató de una lección, sino más bien de una acción emergente que concluyó con éxito. Fue un acierto, mas no un manejo perfecto de partido. 

En la siguiente eliminatoria, ante la Franja del Puebla, el factor suerte estuvo del lado de los actuales monarcas de nuestro futbol. Que un cabezazo de último minuto sentencie una semifinal no resulta, ni por mucho, el escenario óptimo para un timonel. Las circunstancias al límite provocaron que el nivel de emotividad en el estadio Olímpico se incrementara, pero de ahí a considerar que el rendimiento Puma rayó en la perfección existe un largo trecho por recorrer. 

La final fue la instancia en que mayor dominio se presentó a favor de los Pumas. El rival nunca estuvo por encima en el marcador global. Pese a lo que se esperaba, el error de Sergio Bernal no implicó derrumbe alguno para los universitarios, que se recobraron con celeridad y reanudaron sus embates con la meta fija de erigirse como los nuevos monarcas. El equipo, a mi juicio, tardó más de lo debido en sentenciar la eliminatoria. De acuerdo a la calidad de los arqueros, haber accedido a la instancia de los tiros penales, habría significado la posibilidad de triunfo para los hidalguenses. 

A la verdadera afición Puma hay que felicitarla. Apoyaron con fervor a los suyos en la final y acallaron con tremenda facilidad a los fríos y ausentes aficionados hidalguenses. Incluso quienes no sentimos preferencia alguna por los colores azul y oro, debemos reconocer, al menos lo hago a título personal, que el ambiente que suele respirarse en Ciudad Universitaria es único, que los cánticos y la pasión que le imprimen no tiene parangón, ni siquiera frente a las barras de las otras escuadras de arraigo a nivel nacional. 

Las reglas estaban claras para todos. Pumas es el campeón del futbol mexicano y como tal hay que reconocerlo. Que un equipo con el arraigo de los felinos se corone implica un reto creciente para sus acérrimos oponentes, razón suficiente para frotarnos las manos y pensar en lo que será el Apertura 2009. 


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